Un golpe que cambió la historia de España

Era el 29 de marzo de 1992. España respiraba ilusión olímpica y preparaba dos de los eventos más importantes de su historia reciente: la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Mientras el país soñaba en grande, ETA planeaba convertir ese año en una pesadilla de sangre y terror.

Lo que ningún miembro de la banda esperaba era que, en un tranquilo caserío del sur de Francia llamado Xilocan, su historia iba a cambiar para siempre.

La Operación Bidart fue mucho más que una detención policial. Fue el resultado de meses de trabajo de inteligencia silencioso, coordinación internacional y valentía anónima. Y supuso el fin de la cúpula directiva de ETA tal y como se conocía hasta entonces.

El contexto: ETA en el corazón de una España en transición

Para entender la dimensión de esta operación, hay que situarse en la España de principios de los noventa. La democracia llevaba apenas dieciséis años de vida. ETA había asesinado a más de 800 personas desde 1968, dejando heridas profundas en el tejido social del país, especialmente en el País Vasco.

Hitos como el atentado de Hipercor en 1987 seguían frescos en la memoria colectiva. El Pacto de Ajuria Enea intentaba unir a los partidos políticos contra la banda terrorista, mientras el miedo era una presencia cotidiana en muchos pueblos vascos: la kale borroka, las amenazas, las pintadas. ETA no era solo violencia armada; era un sistema de control social que se nutría del miedo.

La banda operaba desde Francia con relativa impunidad. El país vecino había funcionado durante décadas como santuario para sus dirigentes. Pero la postura del presidente François Mitterrand había comenzado a endurecerse, abriendo la puerta a operaciones conjuntas que antes eran impensables.

La estructura de ETA en 1992

En aquel momento, ETA se organizaba en torno a un Comité Ejecutivo conocido como el «Artapalo», que dirigía todas las acciones desde el exilio francés. Tres nombres concentraban el poder:

Francisco Múgica Garmendia, «Pakito», era el cerebro militar, responsable de los atentados y los comandos armados. José María Arregui Erostarbe, «Fiti», controlaba la logística: armas, explosivos y documentación falsa. José María Álvarez Santacristina, «Txelis», dirigía el aparato político: propaganda, relaciones con Herri Batasuna y apoyo social a la banda.

Tres hombres. Una cúpula. Y un caserío en Bidart que no sabían que ya estaba bajo vigilancia.

El trabajo de inteligencia: meses de paciencia en las sombras

La Operación Bidart no fue fruto del azar. Fue el resultado de una labor de inteligencia meticulosa coordinada desde el Servicio de Información de la Guardia Civil, bajo la dirección del general Enrique Rodríguez Galindo, con base en Intxaurrondo.

El punto de partida fue un confidente clave: Luis Casares, doble agente que vivía en Ondarroa y mantenía vínculos con el entorno etarra mientras filtraba información de alto valor a la Guardia Civil. A través de él llegó la primera pieza del rompecabezas: ETA planeaba secuestrar un helicóptero para liberar al comando Eibar, responsable de diez asesinatos.

Ese dato inicial desencadenó una cadena de seguimientos y vigilancias que duró meses. El Grupo R-30, especializado en inteligencia antiterrorista, comenzó a rastrear comunicaciones y movimientos desde San Sebastián. Los agentes siguieron pistas, localizaron reuniones secretas del Comité Ejecutivo y, finalmente, identificaron el punto de encuentro habitual de la cúpula: el caserío Xilocan, en Bidart, al sur de Francia.

La coordinación con Francia: el factor decisivo

Uno de los elementos más delicados de la operación fue la cooperación con las autoridades francesas. La Guardia Civil compartió su inteligencia con el RAID, la unidad de élite de la policía francesa, aunque la coordinación se fue tejiendo con cautela, sin autorización oficial de París en las primeras fases.

Ese cambio de actitud por parte de Francia fue fundamental. Por primera vez en décadas, el santuario comenzaba a cerrar sus puertas.

El golpe: 29 de marzo de 1992, las 18:30

La caravana policial francesa llegó al caserío Xilocan a las 18:30 del 29 de marzo de 1992. El dispositivo era impecable. Los agentes del RAID rodearon el chalé sin dar margen a la huida.

Dentro, los tres jefes de ETA celebraban una reunión. Al escuchar los primeros ruidos, cundió el pánico. Los papeles volaron hacia el váter. Txelis intentó escapar. Pero ya era tarde. Las puertas cayeron. Las órdenes resonaron en el interior del caserío.

Pakito fue detenido con documentos en la mano. Fiti y Txelis fueron esposados en cuestión de segundos.

El registro posterior fue tan valioso como las detenciones. En el caserío Xilocan se incautaron montañas de papeles: planes de atentados detallados, la estructura interna de ETA, listas de objetivos previstos para ese mismo año 1992. En la casa de Txelis, Les Pastorelles, los agentes encontraron archivos políticos de enorme valor estratégico. Tres chóferes de la cúpula, Manuel Rodríguez Pozas, Pierre Langou y Philippe Lasalle, cayeron en las horas siguientes.

La macrooperación fue un éxito total.

Las consecuencias: ETA sin cabeza

El impacto de la Operación Bidart fue inmediato y profundo. Sin su cúpula directiva, ETA entró en un caos interno que tardó meses en recomponerse, aunque nunca volvió a ser la misma organización.

Apenas dos meses después, en Bayona, caían los sucesores designados: Iñaki de Lemona y Rosario Picabea. La banda propuso una tregua en julio de 1992, exigiendo negociaciones desde la prisión de Santoña. La propuesta fue rechazada. ETA volvió a los atentados, pero con una capacidad mermada de forma notable.

El impacto judicial y documental

Los tres líderes fueron extraditados a España y juzgados. Pakito fue condenado a miles de años de prisión por decenas de asesinatos. La documentación incautada en Bidart permitió desmantelar células, cortar rutas de armamento y desarticular estructuras financieras que habían permanecido ocultas durante años.

El impacto político y social

Para el gobierno de Felipe González, fue una victoria sin ambigüedades. Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla se celebraron sin atentados de envergadura. Millones de visitantes disfrutaron de un verano histórico en España gracias, en gran parte, al éxito de aquella operación.

En el País Vasco, la sociedad respiró aliviada. La banda había perdido poder de mando, rutas de armas y credibilidad. El espacio para la normalidad se amplió, aunque el terrorismo de ETA todavía tardaría años en extinguirse definitivamente.

Los medios de comunicación, desde El País hasta ABC, dedicaron portadas a la caída de la cúpula etarra. Las imágenes del caserío Xilocan y los papeles mojados recuperados del váter se convirtieron en iconos de una operación que marcó un antes y un después.

El legado de Bidart: inteligencia, coraje y memoria

La Operación Bidart reveló algo que muchos ya intuían pero pocos podían demostrar: que la lucha contra el terrorismo se gana, sobre todo, en la sombra. No con grandes gestos ni declaraciones públicas, sino con paciencia, rigor y una red de información construida ladrillo a ladrillo durante meses.

Galindo y los agentes del Grupo R-30 representan a una generación de profesionales que arriesgaron todo para proteger una democracia joven. Sus nombres apenas aparecen en los libros de historia. Los de Pakito, Fiti y Txelis, en cambio, llevan décadas asociados a la violencia y al sufrimiento de cientos de familias.

Esta operación también marcó un punto de inflexión en la relación entre España y Francia frente al terrorismo. El acuerdo antiterrorista que se selló en los años siguientes fue, en parte, consecuencia directa del éxito compartido de aquella tarde de marzo en Bidart.

Conclusión: Una fecha grabada en la historia de España

El 29 de marzo de 1992 es una fecha que merece ser recordada. No por la espectacularidad de las imágenes, sino por lo que representó: la demostración de que el Estado de derecho puede ganar la batalla contra el terror cuando actúa con inteligencia, determinación y respeto a la ley.

Detrás de esa operación hay personas anónimas que nunca saldrán en ningún documental. Confidentes que arriesgaron su vida. Agentes que pasaron meses lejos de sus familias siguiendo pistas en territorios hostiles. Y una institución, la Guardia Civil, que en uno de los momentos más delicados de la historia reciente de España demostró estar a la altura.

La Operación Bidart no acabó con ETA de un día para otro. Pero sí rompió su columna vertebral. Y en una guerra larga y dolorosa, eso lo cambió todo.

👉 VER MÁS CASOS COMO ESTE EN EL CANAL